Ciudad de Mexico

Vive CDMX día de balaceras, bancazo, ejecución y hallazgo de mutilado

diciembre 30, 2016 // 0 Comentarios

Un asalto a un banco y otro a una tienda de conveniencia, un homicidio y el hallazgo de un cuerpo mutilado en el Metro fue el saldo que la delincuencia dejó este jueves en la Ciudad de México.

Los hechos violentos comenzaron alrededor de la 01:00 de la mañana de este jueves, cuando al Centro de Comando, Control, Cómputo y Comunicaciones (C2) llegó el reporte de un asalto a una tienda de conveniencia ubicada en la esquina de las avenidas Gabriel Mancera y Parroquia, en la colonia Del Valle, delegación Benito Juárez.

Policías preventivos llegaron al punto y alcanzaron a un grupo de sujetos –dos hombres y tres mujeres– que huían en un auto Honda Civic, color gris, con placas de la Ciudad de México. Entonces, iniciaron la persecución hasta alcanzarlos, la cual terminó en la esquina de Insurgentes y Parroquia.

En el punto, los sospechosos abrieron fuego contra los uniformados, quienes repelieron la agresión y provocaron heridas a tres sujetos, dos hombres de 46 y 42 años de edad, así como una mujer de 29 años. Los dos primeros fueron canalizados al hospital de la Cruz Roja, y la segunda, al hospital de Xoco; los tres en calidad de detenidos.

El resto de los detenidos fueron puestos a disposición de la Coordinación Territorial de Seguridad y Procuración de Justicia BJ-2, junto con dos armas de fuego y el vehículo con el que intentaron escapar y que resultó con más de 20 impactos de bala.

Las autoridades comenzaron la investigación, pues los detenidos podrían estar relacionados con otros asaltos a tiendas de conveniencia ocurridos en días anteriores.

Horas más tarde se registró un asalto a la sucursal del banco BanBajío, ubicada en las avenidas Río de la Loza y Carmona y Valle, en la colonia Doctores, delegación Cuauhtémoc.

De acuerdo con los reportes policíacos, un sujeto que vestía pantalón de mezclilla y sudadera gris, entró a la sucursal como si fuera un cliente. De pronto, notó que una empleada del banco estaba fuera de su zona de trabajo; entonces, la sometió por el cuello y la obligó a entregarle el dinero de su caja.

Al obtener el efectivo –cuyo monto se desconoce–, el asaltante huyó a bordo de un vehículo con dirección al oriente de la capital. Policías preventivos llegaron a la sucursal, aunque sólo para recabar pistas sobre el delincuente.

En otro hecho violento, un cuerpo masculino en estado de descomposición fue hallado entre las estaciones Observatorio y Tacubaya de la Línea 1 del Sistema de Transporte Colectivo (STC) Metro.

Reportes de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP) capitalina indicaron que el cadáver presentaba quemaduras en los hombros y en la pierna derecha, mientras que un tobillos, la boca y la pierna izquierda estaban desprendidos.

De acuerdo con los primeros informes, por el grado de descomposición, el cadáver tenía al menos una semana abandonado. Se presume que la víctima pudo haberse electrocutado y caído a las vías del tren, donde fue arrollado.

En tanto, en la delegación Venustiano Carranza, un hombre de aproximadamente 28 años de edad fue ejecutado mientras conducía una motoneta en la calle Bondojito, casi esquina con el Eje 2 Norte, en la colonia Ampliación Michoacana.

Los primeros reportes indicaron que el homicidio ocurrió cuando la víctima fue interceptada por los tripulantes de otra motoneta, quienes le dispararon en al menos nueve ocasiones. El conductor no llevaba casco y al menos uno de los disparos lo recibió en la cabeza, lo que ocasionó que derrapara y quedara sin vida en el piso.

Agentes del Ministerio Público acudieron a la zona para realizar el levantamiento del cadáver y comenzar la investigación correspondiente. No hubo detenidos.

Se viralizan imágenes de doble asalto en Periférico

septiembre 27, 2016 // 0 Comentarios

Un doble asalto sobre la lateral de Periférico, a la altura de la Fuente de Pemex, fue captado por un usuario que denunció el hecho en tiempo real a la Unidad de Contacto del Secretario de Seguridad Pública de la Ciudad de México (UCSCDMX).

Al mismo tiempo, dos sujetos asaltaron a dos automovilistas que estaban casi detenidos por el tránsito de la mañana. A las 10:19 horas el usuario Édgar Medina publicó la foto del momento del asalto.

“Asalto en lateral de Periférico, a la altura de la Fuente de Pemex hace 15 minutos”, escribió el tuitero en su cuenta @edgarme29 junto a la foto.

Fotografía captada desde otro ángulo y que subió otra usuaria de Twitter

La imagen se viralizó y el mensaje fue respondido más de una hora después por la UCS, que agradeció el reporte y la imagen e informó que la unidad DF-222-P2 ya estaba en el lugar y buscaba a los responsables.

Otra usuaria de Twitter también captó el asalto desde otro ángulo y también lo colgó a la red. Al tiempo que las imágenes se difundían en la red, usuarios recordaban que hace 15 días, también en el Anillo Periférico y San Antonio, hombres armados realizaron asaltos entre las 3 y 4 de la tarde, de la misma manera y a plena luz del día.

Ejecutan a operador de ‘El Chapo’ Guzmán en la CDMX

agosto 30, 2016 // 0 Comentarios

Colombiano ejecutado hace unos días en Tlalpan, fue detenido en 2011 junto a operador financiero de Joaquín “El Chapo” Guzmán. 

México.- La Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada (SEIDO) investiga el homicidio de Carlos Augusto Echeverri López, presunto operador de Joaquín “El Chapo” Guzmán. 

De acuerdo con el diario Reforma, Echeverri López fue ejecutado a bordo de su automóvil el pasado 19 de agosto, cuando circulaba sobre Periférico, a la altura del cruce con División del Norte, en la delegación Tlalpan. 

La Procuraduría General de Justicia (PGJ) de la Ciudad de México inició una carpeta de investigación por el crimen, pero el caso fue atraído por la SEIDO por su antecedente de 2011, cuando fue detenido en una casa del Pedregal de San Ángel junto a Christian Guillermo Lucenilla Salazar, operador financiero del Cártel de Sinaloa. En esa ocasión, la Policía Federal (PF) aseguró armas, un millón de dólares en efectivo y diversas joyas. 

La noche de su homicidio, Echeverri Salazar cargaba una cartera negra Louis Viutton, una tarjeta dorada mastercard Afirme y sus credenciales migratorias. Peritos hallaron al menos 5 casquillos .9 milímetros en la zona del ataque. 

La bóveda que guarda los crímenes de la CdMx

agosto 29, 2016 // 0 Comentarios

En una bóveda vigilada por policías armados, hay una caja resguardada con los restos de una historia que avergüenza a la Ciudad de México.

La Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados tiene pasillos divididos por delitos, desde homicidio hasta robo.

Los pocos que tienen autorización para entrar a este lugar, atravesar sus filtros de seguridad y asomarse al interior de ese cartón con el número “04”, se podrían dividir en dos tipos de personas: los que sólo ven latas aplastadas de crema corporal, rollos de papel higiénico, trapos de tela sucia y botellas de plástico retorcidas; y los que miran esos mismos objetos, pero saben para qué se usaban: para lubricar los genitales de mujeres y niñas agotadas, paños para limpiar el semen de los clientes y envases del agua para hidratar a las víctimas entre un trabajo sexual y otro.

Y aunque los observadores se podrían dividir en dos, todos verán el rótulo impreso en una hoja blanca que dice “Manzanares”, el nombre corto del Segundo Callejón de Manzanares, una estrecha vialidad en el centro de la Ciudad de México, donde durante 15 años no pasó ningún auto, pues el espacio era manejado por las familias Rodríguez M. y Rodríguez R. para hacer desfilar a niñas y mujeres, desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche, para que los hombres que visitaban la calle eligieran por cuál pagar por 20 minutos de sexo.

“¿Te acuerdas de eso?”, pregunta S., un empleado de la bóveda, mientras vuelve a cerrar la caja con cinta adhesiva. “Eso sí era una chingadera. Hasta se siente feo tocar la caja, ¿no?”

“Manzanares” era su nombre genérico, aunque casi todos sus visitantes se referían a ese lugar como “La Pasarela”. La “atracción” era la prostitución infantil a plena vista de las autoridades, a sólo un kilómetro de la Cámara de Diputados. Ahí desfilaban menores secuestradas y señoras que llegaron por su voluntad, pero obligadas a pagar una alta cuota para poder pasearse de un extremo del callejón a otro, trazando una elipse con sus tacones, frente a seis locales abiertos con televisores y rockola, donde vendían alcohol y aperitivos para los visitantes. Excitados por los tragos, los clientes “rentaban” a un ser humano por 200 pesos para llevarla a la vecindad de los Rodríguez M., el único lugar donde se podía tener relaciones sexuales. Durante el Mundial de Sudáfrica de 2010, incluso hubo una promoción: paga 500 pesos y recibe 24 cervezas, más “la niña que te guste”.


El prostíbulo cerró en 2011, después de unos 15 años de operación. De madrugada, decenas de agentes de la procuraduría capitalina entraron a la vecindad y revisaron los 26 diminutos cuartos con catres de cemento y puertas de sábanas, de donde rescataron a 27 víctimas, entre ellas cinco menores de edad obligadas a prostituirse. La más chica tenía 13 años. Los tratantes fueron arrestados, las víctimas devueltas a sus familias y los accesos del inmueble quedaron sellados por el gobierno de la ciudad. Así, “La Pasarela” bajó el telón y lo que recogieron los policías como evidencia criminal está en la caja “04”, como señal de que eso, hace apenas cinco años, sucedía en la ciudad.

La caja “Manzanares” está debajo de otra con el rótulo “ADULAM”, que también contiene pedazos de dolor de la Ciudad de México: las evidencias que sostienen el caso contra la Casa Hogar Adulam, un lugar definido por las autoridades como una “casa de los esclavos”, descubierta en 2010. Ahí dormían 37 vendedores callejeros, niños incluidos, obligados a vender encendedores y plumas, y su único pago era un techo y no ser golpeados o violados.

Ambas cajas llevan años aquí, porque sus casos aún no ha concluido. Comparten techo y cuidados con otros 7 millones de objetos. Esa es la función de esta bóveda casi desconocida para todos los capitalinos: almacenar la evidencia de los delitos que desde 1997 no se han podido resolver.

Ropa ensangrentada, cuchillos, cadenas, armas, droga, juguetes rotos. Si alguien quisiera revisar la historia criminal de la Ciudad de México, tendría que venir aquí.

Una especie de casa del dolor ajeno.

LA “MATAVIEJITAS” Y “EL CANIVAL”

Este lugar podría tener un mejor nombre. Algo que hiciera honor a lo que guarda. Varias de las 50 personas que trabajan aquí prefieren algo como “museo del delito” o les agrada pensar en palabras como “bóveda” o “caja fuerte”. Después de todo, es uno de los lugares más peculiares de la ciudad. En cambio, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México le ha puesto un eufemístico nombre, que minimiza la colección que ahí se encuentra: “Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados”.

Este lugar tiene el tamaño de 5.000 metros cuadrados y se encuentra en la zona norte de la ciudad, en la delegación Azcapotzalco, junto a la Fiscalía de Homicidios. En medio de una zona industrial, este edificio combina con su entorno: es frío, oscuro, húmedo y ordenado, pues cada objeto que llega de la mano de un policía de investigación, es catalogado con su fecha de ingreso, número de averiguación previa o carpeta de investigación y tipo de material. Alguien, al final, lo colocará en un anaquel de los ocho largos pasillos que hay.

Si alguien camina por el corredor de los homicidios, podría ver unos 70 mil objetos. Cientos de bolsas de plástico transparentes y negras con ropa manchada de sangre seca y, en algunas, incluso se resguardan los relojes que llevaban las víctimas cuando las asesinaron. Incontables cuchillos, palas, martillos que terminaron con la vida de los capitalinos y cuyos casos esperan justicia.

Están los estetoscopios con los que Juana Barraza “La Mataviejitas”, se hacía pasar por enfermera para entrar a las casas de las ancianas, robarlas y matarlas. La ropa que Raúl Osiel Marroquín, ‘El Sádico’, guardaba en su departamento como recuerdo de las víctimas que invitó a su departamento sólo para torturarlos hasta su muerte. La maleta donde encontraron a la mujer desmembrada en la Unidad Habitacional de Tlatelolco. Y un lugar que intriga al director de este lugar: el anaquel con las siete cajas que contienen los restos de la historia de José Luis Calva Zepeda.

“Es un personaje que fue muy famoso hace algunos años. “El Caníbal de la Guerrero”… se acordará. Esos objetos los tenemos ahí. Recordarán que este cuate se dedicaba a escribir poemas. Ahí están sus cuadernos, manuscritos, disfraces de luchador, de calavera… ese en especial me llamó la atención”, dice David Reynoso Mendoza, un abogado con tres años como jefe del lugar.

Los disfraces que utilizaba ‘El Caníbal de la Guerrero’ para sus obras de teatro

En esa caja están los poemas que escribió a mano ese hombre, a quien la policía le encontró pedazos de su novia en su refrigerador y en una sartén con aceite. En 2007, se supo el modus operandi: enamoraba, mataba, descuartizaba y, dicen, se comía a sus enamoradas. A una de sus sobrevivientes, Lidia, le escribió un poema que está guardado para cuando el juez lo necesite para cerrar su caso, aunque “El Caníbal” haya muerto meses después de su detención en un sospechoso suicidio en una cárcel del gobierno de la ciudad.

Carta escrita a mano de José Luis Calva Zepeda a una exnovia que sobrevivió a su locura

“Yo no creo en fantasmas. Creo en Dios, joven. Pero, la verdad, sí me persigno cuando entro al trabajo. Hay mucha energía muy intensa en este lugar y cómo no tenerla, vea esto”, dice S. y extiende los brazos. “Puro sufrimiento, ¿se imagina toda la angustia acumulada que hay aquí?”.

El pasillo de los secuestros también da una idea de las historias que se han acumulado: platos y cucharas de donde comían los raptados. Cadenas, candados, cuerdas, vendas. Y colocado de manera vertical, hay un colchón roto con manchas amarillas, que despierta dudas entre el personal.

Los empleados casi nunca saben los nombres de los protagonistas de estos casos. Sólo cuando llega un objeto de un expediente de alto perfil pueden adivinar quién es el propietario. Así, imaginan las historias con ayuda de los números que flotan en la bóveda: 2.000 muebles guardados, varios de ellos que se hallaron en casas de seguridad; 20.000 artículos de joyería, muchos recogidos en inmuebles dedicados a la venta de drogas; 30 mil discos de las cámaras de videovigilancia de la ciudad. 40 mil celulares. 20 mil herramientas de trabajo. 12 mil 500 billetes.

“El resguardo más antiguo es de 1997, de los más viejos, casi 20 años en la bodega. ¿Qué pasa, si se pierde? Nosotros tenemos la obligación de resguardarlo hasta que el juez nos diga que podemos darle ‘destino final’, es decir, regresarlo a sus dueños, a los familiares del dueño o tirarlo, quemarlo, donarlo”, dice Reynoso, el jefe de tipo de trato amable, quien acumula una década de carrera en la procuraduría.

Mientras un juez no emita una orden de “destino final”, él tiene la obligación de resguardar todo por años. Si uno de sus trabajadores — cada uno tiene a su cargo, en promedio, 140 mil objetos a veces tan pequeños como un hisopo — perdiera alguna evidencia, Reynoso y el responsable deberían avisar a al Contraloría de la dependencia. Probablemente, se abriría una averiguación previa por el extravío de ese objeto y, en un mal final, alguien podría incluso pisar la cárcel.

La Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados tiene pasillos divididos por delitos, desde homicidio hasta robo.

“Pero no, no ha pasado, al menos desde que yo estoy aquí”, dice con satisfacción. “Por ejemplo, el año pasado tuvimos ‘el evento’ de una moldura de vehículo y la averiguación previa era de hace 13 años. El juez nos lo pidió con número de registro, número de serie y ni hablar, tuvimos que buscarla… sólo tardamos 25 minutos en encontrarla y se entregó a tiempo”.

Los tiempos de esta bóveda son ajenos a los de la justicia expedita: cuando Javier Carrasco, doctor en Derecho y director ejecutivo del Instituto de Justicia Procesal Penal AC., sabe de este lugar, una de sus primeras preguntas es ¿cuántos de estos casos que llevan años empolvándose corresponden a hombres y mujeres que esperan en prisión preventiva a que un juez dictamine, por fin, si son inocentes o culpables?

“Que un caso siga abierto más de cinco años es escandaloso por dos razones: porque la autoridad no puede cerrarlo después de tanto tiempo o porque a la persona administrativa se le ha olvidado dar la instrucción de darle destino final a los objetos”, dice Carrasco. “Como sea, es una tragedia que haya objetos con más de 10 años allá guardados”.

Pese a los lamentos, la Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados es un organismo vivo que recibe entre 100 y 120 objetos. En sólo unas horas de visita, llegan tres paquetes de ropa y un cuchillo largo, afilado, envuelto en plástico para proteger las huellas digitales del empuñador. Sólo los que aquí trabajan saben si el paquete irá al pasillo de robo, al de lesiones o al de homicidios.

PURO VENENO

Esta bóveda es muestra de cómo opera el crimen más rudimentario, el eslabón más pequeño, pero a veces más peligroso, de la delincuencia organizada. Aquí no hay herramientas tecnológicas. Nada de sofisticadas armas como lanzacohetes RPG-29 o las bombas guiadas KAB-500S para atacar grupos subversivos. Tampoco complicados narcolaboratorios decomisados al crimen organizado que convierten plantas en drogas de diseño.

Junto a la gran bóveda, hay una pequeña que pertenece a la armería. Ahí está con lo que “trabajan” los asaltantes de microbuses, ladrones de banqueta, homicidas de alguna fiesta. Hay, en promedio, unas 60 o 70 armas cortas, que cada dos meses se envían a la Secretaría de la Defensa Nacional para su destrucción o reuso: hay 9 milímetros, revólveres .38, “fierros” .22, que quizá acabaron la vida de alguien o que sirvieron para robar el patrimonio de una familia. Las armas grandes de los cárteles — como el “cuerno de chivo” o AK-47 — no llegan aquí, sino a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada para su análisis.

Junto a ese lugar está el de resguardo de drogas: un apartado aséptico con olor a farmacia y hierba, donde se guardan las dosis con las que caen los narcomenudistas. Unos 600 kilos de marihuana, 60 kilos de cocaína acumulados gramo por gramo, unas pastillas de metanfetaminas, píldoras, tachas.

“Todo esto iba a venderse en una primaria, en alguna secundaria y ahora está aquí”, dice F., guardián de la droguería. “Pura porquería venden, huele, huele. Puro veneno”.

Al salir de la bóveda, se puede ver el menaje del departamento del multihomicidio en la colonia Narvarte. Los instrumentos médicos que se extrajeron del Hospital Central de Oriente, donde los doctores vendían a recién nacidos. Cientos de “diablitos” decomisados por ser usados para llevar mercancía apócrifa de tráilers hasta bodegas en Tepito. Viejas computadoras donde se almacenaba pornografía infantil. Rudimentarias duplicadoras de tarjetas de crédito. Los teléfonos que usan para extorsionar comerciantes.

En esta ‘bóveda’ hay todo tipo de objetos relacioandos con delitos. Prótesis, refrigeradores, cadenas, hachas… 

Quienes abandonan el lugar también se podrían dividir en dos tipos de personas: los que vieron esos objetos mudos sin pensar en la historia que contiene y los que, cuando salgan a la calle, se pregunten ¿qué hace un paquete de latas con agua mineral en el pasillo de trata de personas? ¿por qué hay unos zapatitos sucios de niño en el pasillo de robo? ¿quién uso esas tijeras para cortar el pasto, que ahora están en el pasillo de secuestros?

¿De quién habrá sido esa prótesis de pierna, colocada encima de un refrigerador con costras ocres que hacen suponer mugre o sangre, en el pasillo de homicidios? ¿cuánto tiempo más estarán aquí, esperando justicia?

La bóveda que guarda los crímenes de la CdMx

agosto 29, 2016 // 0 Comentarios

En una bóveda vigilada por policías armados, hay una caja resguardada con los restos de una historia que avergüenza a la Ciudad de México.

La Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados tiene pasillos divididos por delitos, desde homicidio hasta robo.

Los pocos que tienen autorización para entrar a este lugar, atravesar sus filtros de seguridad y asomarse al interior de ese cartón con el número “04”, se podrían dividir en dos tipos de personas: los que sólo ven latas aplastadas de crema corporal, rollos de papel higiénico, trapos de tela sucia y botellas de plástico retorcidas; y los que miran esos mismos objetos, pero saben para qué se usaban: para lubricar los genitales de mujeres y niñas agotadas, paños para limpiar el semen de los clientes y envases del agua para hidratar a las víctimas entre un trabajo sexual y otro.

Y aunque los observadores se podrían dividir en dos, todos verán el rótulo impreso en una hoja blanca que dice “Manzanares”, el nombre corto del Segundo Callejón de Manzanares, una estrecha vialidad en el centro de la Ciudad de México, donde durante 15 años no pasó ningún auto, pues el espacio era manejado por las familias Rodríguez M. y Rodríguez R. para hacer desfilar a niñas y mujeres, desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche, para que los hombres que visitaban la calle eligieran por cuál pagar por 20 minutos de sexo.

“¿Te acuerdas de eso?”, pregunta S., un empleado de la bóveda, mientras vuelve a cerrar la caja con cinta adhesiva. “Eso sí era una chingadera. Hasta se siente feo tocar la caja, ¿no?”

“Manzanares” era su nombre genérico, aunque casi todos sus visitantes se referían a ese lugar como “La Pasarela”. La “atracción” era la prostitución infantil a plena vista de las autoridades, a sólo un kilómetro de la Cámara de Diputados. Ahí desfilaban menores secuestradas y señoras que llegaron por su voluntad, pero obligadas a pagar una alta cuota para poder pasearse de un extremo del callejón a otro, trazando una elipse con sus tacones, frente a seis locales abiertos con televisores y rockola, donde vendían alcohol y aperitivos para los visitantes. Excitados por los tragos, los clientes “rentaban” a un ser humano por 200 pesos para llevarla a la vecindad de los Rodríguez M., el único lugar donde se podía tener relaciones sexuales. Durante el Mundial de Sudáfrica de 2010, incluso hubo una promoción: paga 500 pesos y recibe 24 cervezas, más “la niña que te guste”.


El prostíbulo cerró en 2011, después de unos 15 años de operación. De madrugada, decenas de agentes de la procuraduría capitalina entraron a la vecindad y revisaron los 26 diminutos cuartos con catres de cemento y puertas de sábanas, de donde rescataron a 27 víctimas, entre ellas cinco menores de edad obligadas a prostituirse. La más chica tenía 13 años. Los tratantes fueron arrestados, las víctimas devueltas a sus familias y los accesos del inmueble quedaron sellados por el gobierno de la ciudad. Así, “La Pasarela” bajó el telón y lo que recogieron los policías como evidencia criminal está en la caja “04”, como señal de que eso, hace apenas cinco años, sucedía en la ciudad.

La caja “Manzanares” está debajo de otra con el rótulo “ADULAM”, que también contiene pedazos de dolor de la Ciudad de México: las evidencias que sostienen el caso contra la Casa Hogar Adulam, un lugar definido por las autoridades como una “casa de los esclavos”, descubierta en 2010. Ahí dormían 37 vendedores callejeros, niños incluidos, obligados a vender encendedores y plumas, y su único pago era un techo y no ser golpeados o violados.

Ambas cajas llevan años aquí, porque sus casos aún no ha concluido. Comparten techo y cuidados con otros 7 millones de objetos. Esa es la función de esta bóveda casi desconocida para todos los capitalinos: almacenar la evidencia de los delitos que desde 1997 no se han podido resolver.

Ropa ensangrentada, cuchillos, cadenas, armas, droga, juguetes rotos. Si alguien quisiera revisar la historia criminal de la Ciudad de México, tendría que venir aquí.

Una especie de casa del dolor ajeno.

LA “MATAVIEJITAS” Y “EL CANIVAL”

Este lugar podría tener un mejor nombre. Algo que hiciera honor a lo que guarda. Varias de las 50 personas que trabajan aquí prefieren algo como “museo del delito” o les agrada pensar en palabras como “bóveda” o “caja fuerte”. Después de todo, es uno de los lugares más peculiares de la ciudad. En cambio, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México le ha puesto un eufemístico nombre, que minimiza la colección que ahí se encuentra: “Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados”.

Este lugar tiene el tamaño de 5.000 metros cuadrados y se encuentra en la zona norte de la ciudad, en la delegación Azcapotzalco, junto a la Fiscalía de Homicidios. En medio de una zona industrial, este edificio combina con su entorno: es frío, oscuro, húmedo y ordenado, pues cada objeto que llega de la mano de un policía de investigación, es catalogado con su fecha de ingreso, número de averiguación previa o carpeta de investigación y tipo de material. Alguien, al final, lo colocará en un anaquel de los ocho largos pasillos que hay.

Si alguien camina por el corredor de los homicidios, podría ver unos 70 mil objetos. Cientos de bolsas de plástico transparentes y negras con ropa manchada de sangre seca y, en algunas, incluso se resguardan los relojes que llevaban las víctimas cuando las asesinaron. Incontables cuchillos, palas, martillos que terminaron con la vida de los capitalinos y cuyos casos esperan justicia.

Están los estetoscopios con los que Juana Barraza “La Mataviejitas”, se hacía pasar por enfermera para entrar a las casas de las ancianas, robarlas y matarlas. La ropa que Raúl Osiel Marroquín, ‘El Sádico’, guardaba en su departamento como recuerdo de las víctimas que invitó a su departamento sólo para torturarlos hasta su muerte. La maleta donde encontraron a la mujer desmembrada en la Unidad Habitacional de Tlatelolco. Y un lugar que intriga al director de este lugar: el anaquel con las siete cajas que contienen los restos de la historia de José Luis Calva Zepeda.

“Es un personaje que fue muy famoso hace algunos años. “El Caníbal de la Guerrero”… se acordará. Esos objetos los tenemos ahí. Recordarán que este cuate se dedicaba a escribir poemas. Ahí están sus cuadernos, manuscritos, disfraces de luchador, de calavera… ese en especial me llamó la atención”, dice David Reynoso Mendoza, un abogado con tres años como jefe del lugar.

Los disfraces que utilizaba ‘El Caníbal de la Guerrero’ para sus obras de teatro

En esa caja están los poemas que escribió a mano ese hombre, a quien la policía le encontró pedazos de su novia en su refrigerador y en una sartén con aceite. En 2007, se supo el modus operandi: enamoraba, mataba, descuartizaba y, dicen, se comía a sus enamoradas. A una de sus sobrevivientes, Lidia, le escribió un poema que está guardado para cuando el juez lo necesite para cerrar su caso, aunque “El Caníbal” haya muerto meses después de su detención en un sospechoso suicidio en una cárcel del gobierno de la ciudad.

Carta escrita a mano de José Luis Calva Zepeda a una exnovia que sobrevivió a su locura

“Yo no creo en fantasmas. Creo en Dios, joven. Pero, la verdad, sí me persigno cuando entro al trabajo. Hay mucha energía muy intensa en este lugar y cómo no tenerla, vea esto”, dice S. y extiende los brazos. “Puro sufrimiento, ¿se imagina toda la angustia acumulada que hay aquí?”.

El pasillo de los secuestros también da una idea de las historias que se han acumulado: platos y cucharas de donde comían los raptados. Cadenas, candados, cuerdas, vendas. Y colocado de manera vertical, hay un colchón roto con manchas amarillas, que despierta dudas entre el personal.

Los empleados casi nunca saben los nombres de los protagonistas de estos casos. Sólo cuando llega un objeto de un expediente de alto perfil pueden adivinar quién es el propietario. Así, imaginan las historias con ayuda de los números que flotan en la bóveda: 2.000 muebles guardados, varios de ellos que se hallaron en casas de seguridad; 20.000 artículos de joyería, muchos recogidos en inmuebles dedicados a la venta de drogas; 30 mil discos de las cámaras de videovigilancia de la ciudad. 40 mil celulares. 20 mil herramientas de trabajo. 12 mil 500 billetes.

“El resguardo más antiguo es de 1997, de los más viejos, casi 20 años en la bodega. ¿Qué pasa, si se pierde? Nosotros tenemos la obligación de resguardarlo hasta que el juez nos diga que podemos darle ‘destino final’, es decir, regresarlo a sus dueños, a los familiares del dueño o tirarlo, quemarlo, donarlo”, dice Reynoso, el jefe de tipo de trato amable, quien acumula una década de carrera en la procuraduría.

Mientras un juez no emita una orden de “destino final”, él tiene la obligación de resguardar todo por años. Si uno de sus trabajadores — cada uno tiene a su cargo, en promedio, 140 mil objetos a veces tan pequeños como un hisopo — perdiera alguna evidencia, Reynoso y el responsable deberían avisar a al Contraloría de la dependencia. Probablemente, se abriría una averiguación previa por el extravío de ese objeto y, en un mal final, alguien podría incluso pisar la cárcel.

La Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados tiene pasillos divididos por delitos, desde homicidio hasta robo.

“Pero no, no ha pasado, al menos desde que yo estoy aquí”, dice con satisfacción. “Por ejemplo, el año pasado tuvimos ‘el evento’ de una moldura de vehículo y la averiguación previa era de hace 13 años. El juez nos lo pidió con número de registro, número de serie y ni hablar, tuvimos que buscarla… sólo tardamos 25 minutos en encontrarla y se entregó a tiempo”.

Los tiempos de esta bóveda son ajenos a los de la justicia expedita: cuando Javier Carrasco, doctor en Derecho y director ejecutivo del Instituto de Justicia Procesal Penal AC., sabe de este lugar, una de sus primeras preguntas es ¿cuántos de estos casos que llevan años empolvándose corresponden a hombres y mujeres que esperan en prisión preventiva a que un juez dictamine, por fin, si son inocentes o culpables?

“Que un caso siga abierto más de cinco años es escandaloso por dos razones: porque la autoridad no puede cerrarlo después de tanto tiempo o porque a la persona administrativa se le ha olvidado dar la instrucción de darle destino final a los objetos”, dice Carrasco. “Como sea, es una tragedia que haya objetos con más de 10 años allá guardados”.

Pese a los lamentos, la Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados es un organismo vivo que recibe entre 100 y 120 objetos. En sólo unas horas de visita, llegan tres paquetes de ropa y un cuchillo largo, afilado, envuelto en plástico para proteger las huellas digitales del empuñador. Sólo los que aquí trabajan saben si el paquete irá al pasillo de robo, al de lesiones o al de homicidios.

PURO VENENO

Esta bóveda es muestra de cómo opera el crimen más rudimentario, el eslabón más pequeño, pero a veces más peligroso, de la delincuencia organizada. Aquí no hay herramientas tecnológicas. Nada de sofisticadas armas como lanzacohetes RPG-29 o las bombas guiadas KAB-500S para atacar grupos subversivos. Tampoco complicados narcolaboratorios decomisados al crimen organizado que convierten plantas en drogas de diseño.

Junto a la gran bóveda, hay una pequeña que pertenece a la armería. Ahí está con lo que “trabajan” los asaltantes de microbuses, ladrones de banqueta, homicidas de alguna fiesta. Hay, en promedio, unas 60 o 70 armas cortas, que cada dos meses se envían a la Secretaría de la Defensa Nacional para su destrucción o reuso: hay 9 milímetros, revólveres .38, “fierros” .22, que quizá acabaron la vida de alguien o que sirvieron para robar el patrimonio de una familia. Las armas grandes de los cárteles — como el “cuerno de chivo” o AK-47 — no llegan aquí, sino a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada para su análisis.

Junto a ese lugar está el de resguardo de drogas: un apartado aséptico con olor a farmacia y hierba, donde se guardan las dosis con las que caen los narcomenudistas. Unos 600 kilos de marihuana, 60 kilos de cocaína acumulados gramo por gramo, unas pastillas de metanfetaminas, píldoras, tachas.

“Todo esto iba a venderse en una primaria, en alguna secundaria y ahora está aquí”, dice F., guardián de la droguería. “Pura porquería venden, huele, huele. Puro veneno”.

Al salir de la bóveda, se puede ver el menaje del departamento del multihomicidio en la colonia Narvarte. Los instrumentos médicos que se extrajeron del Hospital Central de Oriente, donde los doctores vendían a recién nacidos. Cientos de “diablitos” decomisados por ser usados para llevar mercancía apócrifa de tráilers hasta bodegas en Tepito. Viejas computadoras donde se almacenaba pornografía infantil. Rudimentarias duplicadoras de tarjetas de crédito. Los teléfonos que usan para extorsionar comerciantes.

En esta ‘bóveda’ hay todo tipo de objetos relacioandos con delitos. Prótesis, refrigeradores, cadenas, hachas… 

Quienes abandonan el lugar también se podrían dividir en dos tipos de personas: los que vieron esos objetos mudos sin pensar en la historia que contiene y los que, cuando salgan a la calle, se pregunten ¿qué hace un paquete de latas con agua mineral en el pasillo de trata de personas? ¿por qué hay unos zapatitos sucios de niño en el pasillo de robo? ¿quién uso esas tijeras para cortar el pasto, que ahora están en el pasillo de secuestros?

¿De quién habrá sido esa prótesis de pierna, colocada encima de un refrigerador con costras ocres que hacen suponer mugre o sangre, en el pasillo de homicidios? ¿cuánto tiempo más estarán aquí, esperando justicia?

La bóveda que guarda los crímenes de la CdMx

agosto 29, 2016 // 0 Comentarios

En una bóveda vigilada por policías armados, hay una caja resguardada con los restos de una historia que avergüenza a la Ciudad de México.

La Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados tiene pasillos divididos por delitos, desde homicidio hasta robo.

Los pocos que tienen autorización para entrar a este lugar, atravesar sus filtros de seguridad y asomarse al interior de ese cartón con el número “04”, se podrían dividir en dos tipos de personas: los que sólo ven latas aplastadas de crema corporal, rollos de papel higiénico, trapos de tela sucia y botellas de plástico retorcidas; y los que miran esos mismos objetos, pero saben para qué se usaban: para lubricar los genitales de mujeres y niñas agotadas, paños para limpiar el semen de los clientes y envases del agua para hidratar a las víctimas entre un trabajo sexual y otro.

Y aunque los observadores se podrían dividir en dos, todos verán el rótulo impreso en una hoja blanca que dice “Manzanares”, el nombre corto del Segundo Callejón de Manzanares, una estrecha vialidad en el centro de la Ciudad de México, donde durante 15 años no pasó ningún auto, pues el espacio era manejado por las familias Rodríguez M. y Rodríguez R. para hacer desfilar a niñas y mujeres, desde las 10 de la mañana hasta las 10 de la noche, para que los hombres que visitaban la calle eligieran por cuál pagar por 20 minutos de sexo.

“¿Te acuerdas de eso?”, pregunta S., un empleado de la bóveda, mientras vuelve a cerrar la caja con cinta adhesiva. “Eso sí era una chingadera. Hasta se siente feo tocar la caja, ¿no?”

“Manzanares” era su nombre genérico, aunque casi todos sus visitantes se referían a ese lugar como “La Pasarela”. La “atracción” era la prostitución infantil a plena vista de las autoridades, a sólo un kilómetro de la Cámara de Diputados. Ahí desfilaban menores secuestradas y señoras que llegaron por su voluntad, pero obligadas a pagar una alta cuota para poder pasearse de un extremo del callejón a otro, trazando una elipse con sus tacones, frente a seis locales abiertos con televisores y rockola, donde vendían alcohol y aperitivos para los visitantes. Excitados por los tragos, los clientes “rentaban” a un ser humano por 200 pesos para llevarla a la vecindad de los Rodríguez M., el único lugar donde se podía tener relaciones sexuales. Durante el Mundial de Sudáfrica de 2010, incluso hubo una promoción: paga 500 pesos y recibe 24 cervezas, más “la niña que te guste”.


El prostíbulo cerró en 2011, después de unos 15 años de operación. De madrugada, decenas de agentes de la procuraduría capitalina entraron a la vecindad y revisaron los 26 diminutos cuartos con catres de cemento y puertas de sábanas, de donde rescataron a 27 víctimas, entre ellas cinco menores de edad obligadas a prostituirse. La más chica tenía 13 años. Los tratantes fueron arrestados, las víctimas devueltas a sus familias y los accesos del inmueble quedaron sellados por el gobierno de la ciudad. Así, “La Pasarela” bajó el telón y lo que recogieron los policías como evidencia criminal está en la caja “04”, como señal de que eso, hace apenas cinco años, sucedía en la ciudad.

La caja “Manzanares” está debajo de otra con el rótulo “ADULAM”, que también contiene pedazos de dolor de la Ciudad de México: las evidencias que sostienen el caso contra la Casa Hogar Adulam, un lugar definido por las autoridades como una “casa de los esclavos”, descubierta en 2010. Ahí dormían 37 vendedores callejeros, niños incluidos, obligados a vender encendedores y plumas, y su único pago era un techo y no ser golpeados o violados.

Ambas cajas llevan años aquí, porque sus casos aún no ha concluido. Comparten techo y cuidados con otros 7 millones de objetos. Esa es la función de esta bóveda casi desconocida para todos los capitalinos: almacenar la evidencia de los delitos que desde 1997 no se han podido resolver.

Ropa ensangrentada, cuchillos, cadenas, armas, droga, juguetes rotos. Si alguien quisiera revisar la historia criminal de la Ciudad de México, tendría que venir aquí.

Una especie de casa del dolor ajeno.

LA “MATAVIEJITAS” Y “EL CANIVAL”

Este lugar podría tener un mejor nombre. Algo que hiciera honor a lo que guarda. Varias de las 50 personas que trabajan aquí prefieren algo como “museo del delito” o les agrada pensar en palabras como “bóveda” o “caja fuerte”. Después de todo, es uno de los lugares más peculiares de la ciudad. En cambio, la Procuraduría General de Justicia de la Ciudad de México le ha puesto un eufemístico nombre, que minimiza la colección que ahí se encuentra: “Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados”.

Este lugar tiene el tamaño de 5.000 metros cuadrados y se encuentra en la zona norte de la ciudad, en la delegación Azcapotzalco, junto a la Fiscalía de Homicidios. En medio de una zona industrial, este edificio combina con su entorno: es frío, oscuro, húmedo y ordenado, pues cada objeto que llega de la mano de un policía de investigación, es catalogado con su fecha de ingreso, número de averiguación previa o carpeta de investigación y tipo de material. Alguien, al final, lo colocará en un anaquel de los ocho largos pasillos que hay.

Si alguien camina por el corredor de los homicidios, podría ver unos 70 mil objetos. Cientos de bolsas de plástico transparentes y negras con ropa manchada de sangre seca y, en algunas, incluso se resguardan los relojes que llevaban las víctimas cuando las asesinaron. Incontables cuchillos, palas, martillos que terminaron con la vida de los capitalinos y cuyos casos esperan justicia.

Están los estetoscopios con los que Juana Barraza “La Mataviejitas”, se hacía pasar por enfermera para entrar a las casas de las ancianas, robarlas y matarlas. La ropa que Raúl Osiel Marroquín, ‘El Sádico’, guardaba en su departamento como recuerdo de las víctimas que invitó a su departamento sólo para torturarlos hasta su muerte. La maleta donde encontraron a la mujer desmembrada en la Unidad Habitacional de Tlatelolco. Y un lugar que intriga al director de este lugar: el anaquel con las siete cajas que contienen los restos de la historia de José Luis Calva Zepeda.

“Es un personaje que fue muy famoso hace algunos años. “El Caníbal de la Guerrero”… se acordará. Esos objetos los tenemos ahí. Recordarán que este cuate se dedicaba a escribir poemas. Ahí están sus cuadernos, manuscritos, disfraces de luchador, de calavera… ese en especial me llamó la atención”, dice David Reynoso Mendoza, un abogado con tres años como jefe del lugar.

Los disfraces que utilizaba ‘El Caníbal de la Guerrero’ para sus obras de teatro

En esa caja están los poemas que escribió a mano ese hombre, a quien la policía le encontró pedazos de su novia en su refrigerador y en una sartén con aceite. En 2007, se supo el modus operandi: enamoraba, mataba, descuartizaba y, dicen, se comía a sus enamoradas. A una de sus sobrevivientes, Lidia, le escribió un poema que está guardado para cuando el juez lo necesite para cerrar su caso, aunque “El Caníbal” haya muerto meses después de su detención en un sospechoso suicidio en una cárcel del gobierno de la ciudad.

Carta escrita a mano de José Luis Calva Zepeda a una exnovia que sobrevivió a su locura

“Yo no creo en fantasmas. Creo en Dios, joven. Pero, la verdad, sí me persigno cuando entro al trabajo. Hay mucha energía muy intensa en este lugar y cómo no tenerla, vea esto”, dice S. y extiende los brazos. “Puro sufrimiento, ¿se imagina toda la angustia acumulada que hay aquí?”.

El pasillo de los secuestros también da una idea de las historias que se han acumulado: platos y cucharas de donde comían los raptados. Cadenas, candados, cuerdas, vendas. Y colocado de manera vertical, hay un colchón roto con manchas amarillas, que despierta dudas entre el personal.

Los empleados casi nunca saben los nombres de los protagonistas de estos casos. Sólo cuando llega un objeto de un expediente de alto perfil pueden adivinar quién es el propietario. Así, imaginan las historias con ayuda de los números que flotan en la bóveda: 2.000 muebles guardados, varios de ellos que se hallaron en casas de seguridad; 20.000 artículos de joyería, muchos recogidos en inmuebles dedicados a la venta de drogas; 30 mil discos de las cámaras de videovigilancia de la ciudad. 40 mil celulares. 20 mil herramientas de trabajo. 12 mil 500 billetes.

“El resguardo más antiguo es de 1997, de los más viejos, casi 20 años en la bodega. ¿Qué pasa, si se pierde? Nosotros tenemos la obligación de resguardarlo hasta que el juez nos diga que podemos darle ‘destino final’, es decir, regresarlo a sus dueños, a los familiares del dueño o tirarlo, quemarlo, donarlo”, dice Reynoso, el jefe de tipo de trato amable, quien acumula una década de carrera en la procuraduría.

Mientras un juez no emita una orden de “destino final”, él tiene la obligación de resguardar todo por años. Si uno de sus trabajadores — cada uno tiene a su cargo, en promedio, 140 mil objetos a veces tan pequeños como un hisopo — perdiera alguna evidencia, Reynoso y el responsable deberían avisar a al Contraloría de la dependencia. Probablemente, se abriría una averiguación previa por el extravío de ese objeto y, en un mal final, alguien podría incluso pisar la cárcel.

La Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados tiene pasillos divididos por delitos, desde homicidio hasta robo.

“Pero no, no ha pasado, al menos desde que yo estoy aquí”, dice con satisfacción. “Por ejemplo, el año pasado tuvimos ‘el evento’ de una moldura de vehículo y la averiguación previa era de hace 13 años. El juez nos lo pidió con número de registro, número de serie y ni hablar, tuvimos que buscarla… sólo tardamos 25 minutos en encontrarla y se entregó a tiempo”.

Los tiempos de esta bóveda son ajenos a los de la justicia expedita: cuando Javier Carrasco, doctor en Derecho y director ejecutivo del Instituto de Justicia Procesal Penal AC., sabe de este lugar, una de sus primeras preguntas es ¿cuántos de estos casos que llevan años empolvándose corresponden a hombres y mujeres que esperan en prisión preventiva a que un juez dictamine, por fin, si son inocentes o culpables?

“Que un caso siga abierto más de cinco años es escandaloso por dos razones: porque la autoridad no puede cerrarlo después de tanto tiempo o porque a la persona administrativa se le ha olvidado dar la instrucción de darle destino final a los objetos”, dice Carrasco. “Como sea, es una tragedia que haya objetos con más de 10 años allá guardados”.

Pese a los lamentos, la Dirección Ejecutiva de Bienes Asegurados es un organismo vivo que recibe entre 100 y 120 objetos. En sólo unas horas de visita, llegan tres paquetes de ropa y un cuchillo largo, afilado, envuelto en plástico para proteger las huellas digitales del empuñador. Sólo los que aquí trabajan saben si el paquete irá al pasillo de robo, al de lesiones o al de homicidios.

PURO VENENO

Esta bóveda es muestra de cómo opera el crimen más rudimentario, el eslabón más pequeño, pero a veces más peligroso, de la delincuencia organizada. Aquí no hay herramientas tecnológicas. Nada de sofisticadas armas como lanzacohetes RPG-29 o las bombas guiadas KAB-500S para atacar grupos subversivos. Tampoco complicados narcolaboratorios decomisados al crimen organizado que convierten plantas en drogas de diseño.

Junto a la gran bóveda, hay una pequeña que pertenece a la armería. Ahí está con lo que “trabajan” los asaltantes de microbuses, ladrones de banqueta, homicidas de alguna fiesta. Hay, en promedio, unas 60 o 70 armas cortas, que cada dos meses se envían a la Secretaría de la Defensa Nacional para su destrucción o reuso: hay 9 milímetros, revólveres .38, “fierros” .22, que quizá acabaron la vida de alguien o que sirvieron para robar el patrimonio de una familia. Las armas grandes de los cárteles — como el “cuerno de chivo” o AK-47 — no llegan aquí, sino a la Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada para su análisis.

Junto a ese lugar está el de resguardo de drogas: un apartado aséptico con olor a farmacia y hierba, donde se guardan las dosis con las que caen los narcomenudistas. Unos 600 kilos de marihuana, 60 kilos de cocaína acumulados gramo por gramo, unas pastillas de metanfetaminas, píldoras, tachas.

“Todo esto iba a venderse en una primaria, en alguna secundaria y ahora está aquí”, dice F., guardián de la droguería. “Pura porquería venden, huele, huele. Puro veneno”.

Al salir de la bóveda, se puede ver el menaje del departamento del multihomicidio en la colonia Narvarte. Los instrumentos médicos que se extrajeron del Hospital Central de Oriente, donde los doctores vendían a recién nacidos. Cientos de “diablitos” decomisados por ser usados para llevar mercancía apócrifa de tráilers hasta bodegas en Tepito. Viejas computadoras donde se almacenaba pornografía infantil. Rudimentarias duplicadoras de tarjetas de crédito. Los teléfonos que usan para extorsionar comerciantes.

En esta ‘bóveda’ hay todo tipo de objetos relacioandos con delitos. Prótesis, refrigeradores, cadenas, hachas… 

Quienes abandonan el lugar también se podrían dividir en dos tipos de personas: los que vieron esos objetos mudos sin pensar en la historia que contiene y los que, cuando salgan a la calle, se pregunten ¿qué hace un paquete de latas con agua mineral en el pasillo de trata de personas? ¿por qué hay unos zapatitos sucios de niño en el pasillo de robo? ¿quién uso esas tijeras para cortar el pasto, que ahora están en el pasillo de secuestros?

¿De quién habrá sido esa prótesis de pierna, colocada encima de un refrigerador con costras ocres que hacen suponer mugre o sangre, en el pasillo de homicidios? ¿cuánto tiempo más estarán aquí, esperando justicia?

Desata MASACRE en Tepito robo de Cocaína…y no hay carteles según Mancera

mayo 5, 2016 // 0 Comentarios

El presunto robo de cuatro kilos de cocaína es la causa por la que los líderes del grupo delictivo “La Unión de Tepito”, desataron una ola de violencia que ha dejado varios homicidios en la ciudad, entre ellos, dos destazados en Cuauhtémoc y tres ejecutados en un bar en Azcapotzalco.
LE DAN 14 TIROS

La persona que supuestamente robó ese paquete, fue Edson García Acosta, quien fue ejecutado de 14 tiros el pasado 16 de abril en la calle Tenochtitlan, del barrio bravo. Ese joven, que tenía 23 años, era sobrino de Leticia Ponce y Jorge Ortiz, “El Tanque”, padres de una de las víctimas del bar Heaven.

Las autoridades saben que Edson García fue acribillado por al menos tres jóvenes. Según testigos eran “El Tana”, su hermano “El Tobi” y otro apodado “El Salchicha”, los tres cercanos a Francisco, “Pancho”, Cayagua, uno de los fundadores de “La Unión”.
“SUELTA LA SOPA”
Fernando Granados Mora, “El Tobi” ya fue capturado. Él reveló que Edson fue ejecutado porque robó un paquete con cuatro kilos de droga.
Con base en la investigación que ya se tenía, los agentes saben que tras el homicidio de Edson, ”El Betito”, quien es identificado como jefe de sicarios de “La Unión”, ordenó cazar a los responsables.
En los días siguientes hubo otros crímenes en la zona que se atribuyen a esta venganza.
Sin embargo, la tarde del 26 de abril, tres hombres del grupo de “El Betito”, fueron atacados en un bar de la colonia Prohogar, en Azcapotzalco.
En venganza vino el rapto y asesinato de Geovani Hernández y Said Carvajal, quienes fueron encontrados desmembrados el fin de semana.