LosZetas

Mi historia de cuando fui “contadora” de LosZetas

diciembre 3, 2016 // 0 Comentarios


Dos árboles navideños de cartón flanquean a Cecilia. Atrás de ella la pared tapizada con imágenes de ladrillos rojos persuade a sentir el frío propio de una cabaña en la tundra. Cecilia sonríe. Está en cuclillas abrazando a su hija. El piso está cubierto de bolitas de unicel simulando una nevada. Viste pants gris, sudadera, tenis y una banda en la cabeza: todo el conjunto en color blanco.

“Esa foto es de la navidad pasada, vinieron a visitarme”, dice con acento regio cuando le platico que entré al Facebook de su mamá como me lo pidió. Se presenta ―con la cabellera extensa, ágil y sedosa― en la sala de audiencias donde la espero. En esta prisión bajacaliforniana el cuidado estético y la marca del calzado es símbolo de distinción y autoestima entre las internas. De ahí que el cuidado que Cecilia da a su pelo sea el mismo que una madre da a su hijo.

“Si andas con la ropa sucia o con el cabello maltratado, sin peinarte, no te respetan porque eres una dejada. Si traes buen calzado y siempre estás limpia te tratan diferente. Por los tenis sabemos de dónde vienes y quién te procura allá afuera”. Cecilia usa calzado Lacoste, lo que le vale cierto respeto entre sus compañeras. Según sus palabras ―dentro de la organización Zeta― ella era harina de otro costal. En la calle no estaba su lugar de trabajo como lo estaba para las halconas. Junto al dinero y los jefes, estaba su lugar, por lo tanto tampoco recibía tablazos y chiricuasos (golpes fuertes en la nuca con la mano abierta), pedagogía destinada a los eslabones finales de la cadena delictiva.

Este es el testimonio de Cecilia realizado desde una cárcel bajacaliforniana. Cecilia no es su nombre verdadero. Tiene encarcelada cinco años. No ha recibido sentencia. Su abogado habla de entre cinco y diez años más de encierro.

CONTADORA

Entré a los Zetas por mensa, no tenía la necesidad. Pude haber trabajado en lo que sabía hacer, poner uñas y cosmetología, pero quería dinero rápido para tener una vida mejor. A los 15 quedé embarazada, me casé y me hice ama de casa. A los 17 me separé de mi esposo y yo me hice cargo de la niña. Para mí primero está mi hija, después andar bien vestida, con buenos zapatos, buena ropa, y pues, tener un futuro económico. Yo no era como otras chavas que dentro de la organización nomás en cuanto había una oportunidad se drogaban o emborrachaban y no llegaban a su casa en muchos días. Podría decir que yo era hogareña.

Recuerdo mi primer día de trabajo. Llegué a la casa de seguridad como una extraña sin conocer a nadie. Apenas estaba cumpliendo los 20. Me miraba muy chica, todos los demás andaban entre los 28 y los 30 años. Hasta eso que todo era muy respetuoso, nadie te acosa. Dentro de la organización no puede haber relaciones de noviazgo, más que nada por respeto, no puedes mezclar el amor y el trabajo. Yo andaba de novia, pero él nada tenía que ver con la organización; es el hermano de una amiga, un profesor de primaria. “Ya salte de eso, ponte a trabajar con tu mamá”, me decía mi novio, porque mi mamá es dueña de unas recicladoras de metal.

“Aprendo rápido, soy buena para los números, pero no me gusta que me manden, me gusta llevar el mando”, le dije a amigo que había sido federal de caminos y que ahora estaba de contador de la plaza de Nuevo León. “¡Ah! ¿No te gusta que te manden? Pues ponte a estudiar o pon tu propia empresa”, me dijo mi amigo, pero en buena onda.

JORNADA LABORAL

El trabajo podía empezar a cualquier hora durante las 24 del día. La casa de seguridad donde trabajábamos estaba en Saltillo, Coahuila, pero era la contabilidad de los puntos de venta de droga en Monterrey. Por seguridad el dinero se mueve de estado. También administrábamos la nómina para pagarle a los policías y a veces los ingresos del cobro de piso de los negocios. Manejábamos como 11 millones de pesos a la semana.

Mi sueldo era de 20 mil al mes más 2 mil de viáticos semanales. Luego ganaba 7 mil 200 al mes y 2 mil de viáticos, también semanales. Como vivía en Monterrey, pero trabajaba en Saltillo, los viáticos eran para gasolina, tarjeta de teléfono, comidas y hotel ocasional. La mayor parte del tiempo tenía una vida normal junto a mi hija y mis papás, y a veces vivía en un departamento que me había dado la organización.

Manejaba un auto que me prestaron. Pude haber rentado mi propio departamento y andar en taxi, pero lo adecuado es estar donde ellos sepan. El auto era robado, pero no había problema porque los de tránsito están comprados. “Voy a pasar, ando de rápido”, les decía cuando me detenían. Cuando las cosas se ponían complicadas porque no me dejaban ir pedía que me permitieran hablarle a mi jefe y mi jefe le hablaba al jefe de tránsito, le daba el número de la patrulla y todo se resolvía. Y no es que todos los tránsitos trabajaran para nosotros, pero, ¿qué otra les quedaba si sus jefes sí andaban metidos? ¿A quién le van a hacer caso?

PENSAMIENTO ZETA

El poder te da la facilidad de hacer lo que quieras. Matar porque me caes mal. Levantar. Matarte porque te metes conmigo o mi familia. Desaparecerte. Matar sin que sea arrestada. Porque la verdad, hay mucha maldad en las mujeres que la gente no ve. Pero mira, yo no maté, no secuestré, no golpeé a nadie. Llevaba la contabilidad del dinero de lo que se obtenía de las ventas en las tienditas, del cobro de piso; de los sueldos de los miembros de la organización, los pagos a la policía. Pero no matar. En ese sentido no le hice un daño a la sociedad. Yo no merezco estar aquí.

Los delitos de los que me acusan son: delincuencia organizada, drogas, cohecho, robo de auto, cartuchos y portación de arma.

Tuve una infancia normal, feliz. No me golpeaban mis papás. Me daban lo que quería. La secundaria me gustaba, aunque me corrieron de dos y terminé estudiando en un internado de monjas donde salíamos los fines de semana. Era peleonera en la secundaria. Una vez le pegué a una compañera porque decía que yo era chochoca (fresa); también me agarré del chongo con una compañera del salón que denunció que me había perreado (irme de pinta) a un centro comercial.

DETENCIÓN

Una noche me fui con mis amigas en taxi de Monterrey a Saltillo a una casa de seguridad. Había DJs, cerveza y ceniceros con cocaína. La estábamos pasando bien cuando llegaron los marinos. Se supone que llegaron por una denuncia anónima. Así justifican entrar rompiendo todo a las casas. O dicen que los vecinos reportaron personas armadas, pero lo dicen para poder golpear, violar y torturar.

“¡Órale, hijos de su puta madre, ya les cargó la verga!”, dijeron los marinos apuntándonos. “¿Son Zetas o son Golfos? Si son Golfos se podrán ir. Pero son Zetas, son mugrosos, ya mamaron, culeros”, dijo otro marino.

Me hincaron y los ojos los vendaron. Nos amarraron las manos y la boca. Nos pusieron una bolsa de plástico en la cabeza. La bolsa se siente diferente a cuando nadas y tragas agua y sientes que te ahogas. Con la bolsa diez segundos se sienten como una hora. Después me arrastraron a uno de los cuartos de la casa. “¿Y tú qué haces, culera, a qué te dedicas?, ¿tienes hijos?, ¿dónde vives?”, me preguntaba un marino, pero yo no veía nada. “Soy comerciante, tengo un negocio y soy de familia”. “¡Ah! ¿Eres de familia? Pues vamos a matarlos a todos”, gritaba el soldado. Oía la voz de dos militares. “¿Cuál es tu apodo?” Contestaba que no tenía apodo. “¿Cómo que no tienes, hija de tu puta madre?, ahorita vas a hablar”.

Completamente me desvistieron de pies a cabeza. Comenzaron a tocarme y me hicieron todo tipo de obscenidades, ¿cómo me defendía de eso si estaba amarrada? Primero me tocaban todo el cuerpo con los guantes, pero después sentí sus manos desnudas. Me agarraban las nalgas, los senos, la vagina y luego me pateaban. Estaban a punto de violarme cuando uno de los comandantes les gritó que me subieran a una de las camionetas. “Vístete”, me ordenó uno de los marinos. “Pero, ¿cómo si no veo dónde está mi ropa y tengo las manos atadas?” El marino ayudó a vestirme, hasta los tacones me puso.

Nos llevaron al cuartel. Seguía con los ojos vendados, pero al caminar sentía muchas piedras y ramas en los pies. Me aventaron al piso y comenzaron a golpearme con patadas, en la cara no me pegaron. Golpean fuerte, como si le pegaran a un costal. Nunca me habían golpeado en mi vida. Llegó un doctor a checarme la presión y resultó que estaba bien. Un marino que escuchó que me encontraba bien me comenzó a golpear en la cabeza y el estómago. “¿Estabas muy mal hija de tu puta madre? Por mentir ahora sí vas a sentirte mal”, me gritaba el marino y me pateaba más fuerte.

Más que los golpes, lo que más duele y trauma es el acoso sexual, el tocamiento, el estar a punto de ser violada; es impactante. Quedé en shock. El fin de la tortura es que digas lo que ellos quieren que digas, no importa que no sea verdad.

Hay militares buena onda. Cuando me estaban golpeando un militar se acercó y pidió que me dejaran porque me sentía mal. Siempre tuve los ojos vendados. Comenzaron a quitarme mis alhajas y yo traía una cadena con un San Judas Tadeo. “Toma, quédatela, él te va a ayudar, vas a ver que no vas a durar mucho en el penal; si quieres ir al baño me dices, aquí voy a estar”, me dijo el militar. En ese aspecto me dejaron de golpear.

A los días de estar en el cuartel me llevaron en helicóptero al DF, al arraigo. El arraigo es en un hotel, bueno, era un hotel. Los cuartos tienen puertas de reja con imán. Para que nos abrieran y poder salir veíamos a una cámara y gritábamos: “bunker, la reja”, y se abría la reja. Es menos seguridad que una cárcel. Te dejan tener televisión, películas DVD y CDs de música. Te dan oportunidad de trabajar la papiroflexia con hojas de papel y grapas. En mi cuarto éramos ocho mujeres, yo la pasaba durmiendo o escuchando música. A las siete de la mañana te levantan para el desayuno, a las dos comes y a las siete cenas. La comida es deliciosa y abundante. Por ejemplo en el desayuno nos servían café, licuado y atole; fruta, leche normal y deslactosada. La comida se sirve en el comedor y tienes 15 minutos para terminar, luego te regresan a tu cuarto. A veces dejaban las rejas abiertas y platicábamos entre nosotras. Te dejan hablar por teléfono tres veces en el día con tu abogado o con tu mamá. Si no nos dejaban hacíamos un alboroto: gritábamos y pedíamos hablar con el director.

Cuando llegué al Cereso después de haber estado en el arraigo me encerraron en una bartola con 20 personas sin cobijas y con mucho frío. Dormíamos en el piso y no nos bañábamos durante días. Aquí aprendes a valorar a la familia, a la propia cama. Todo se lo debo a mi familia que me trae bien vestida y calzada. Aquí no existe nadie, pierdes todo, por eso es importante no perder el contacto con la familia.

VIDA EN PRISIÓN

“Rechino los dientes. Eso no lo hacía allá afuera. Tengo que dormir mordiendo un guarda oclusal. El psicólogo dijo que era estrés penitenciario y el dentista que necesito frenos. Patearon mucho mis caderas los marinos con sus botas; tengo secuelas de dolor. En la cabeza me dieron chiricuazos, así se le llama a los golpes en la cabeza con la mano abierta; ahora tengo migraña. Pero las secuelas psicológicas son las que abundan. Paso por momentos de mucha depresión por estar encerrada: lloro y me levanto de mal genio, y así duro todo el día. A veces la depresión no me deja dormir o levantarme de la cama; mejor acostada que estar mal con las compañeras.

Mi familia me manda por giro 600 pesos a la semana y lo gasto en comidas y cenas. La comida está muy fea en prisión y la cena es agua endulzada y pan. En la tiendita compro hamburguesas, tortas de jamón; pescado empanizado, pollo frito, carne asada y burritos. Los precios van de los 25 a los 40 pesos. Cuando regrese a mi celda me espera una torta de lomo.

He tenido épocas en que me he querido suicidar, pero no gano nada, los problemas ahí seguirán; eso pasa cuando veo que no avanza mi proceso. Hasta llegué a pensar en cómo hacerle, pero pienso en mi hija y me detengo. El suicidio entre nosotras es un tema. Algunas compañeras se cortan los brazos, se dizque desangran y ya. “En la yugular hazte el corte, si ya sabes dónde para que te haces mensa”, les decimos para joderlas. Hay un rastrillo que tenemos escondido por si decidimos suicidarnos. Una compañera nos dice que si alguna vez se suicida esperará a que todas estemos durmiendo para colgarse de la reja. Pero te castigan si lo intentas. Te encierran, esposada, en una celda en lugar de mandarnos con el psicólogo.

Extraño el perfume, el olor a limpio. En navidad nos regalan donaciones del Avón, cremas para la piel; a mí siempre me dicen que huelo rico.

Soy muy de escribir todo lo que vivo aquí, todo lo que siento, lo que hago en el día, mis planes a futuro. Mi mamá cuando viene se lleva los escritos. Le digo que no los lea, que nomás los deje en mi cuarto, pero yo creo que sí las lee porque me dice que me hará un libro cuando salga de la cárcel.

Mi familia sigue en Monterrey. Mi mamá y mi hija me visitan dos veces al año.

Antes de despedirme, Cecilia me entrega un micro relato que escribió la noche anterior. “El tema es la violencia visto desde una niña”, me explica. Me acomodo en el asiento del automóvil que estacioné en un centro comercial junto al penal. Prendo el auto y en lugar de meter cambio a la transmisión desdoblo la hoja y leo:

“Esta era una niña que iba caminando por la calle rumbo a su casa y un señor en un coche le habló para enseñarle un gatito. Inocentemente se acercó la niña cuando la subió al coche y la secuestró. Llevándosela a su casa y teniéndola secuestrada en el sótano: torturándola y golpeándola. Así pasaron diez años, la niña creció y un día cuando él entro, lo golpeó y regreso a casa. Dios te bendiga y perdone todo el mal que has hecho en tu vida”.

Se reune CDG y LosZetas vieja escuela; se refuerzan

noviembre 17, 2016 // 0 Comentarios


En la reunión de Cárteles no estuvieron presentes la facción de Reynosa del Cártel del Golfo al mando del comandante Toro por lo que quedaron fuera de esta alianza ya que esta facción ya tuvo enfrentamientos con los Golfos de Matamoros en el 2015.

Matamoros, Tamaulipas — Los líderes de dos de los carteles mas poderosos de México se reunieron en esta ciudad fronteriza con el fin de reforzar alianzas, trazar nuevas rutas y territorios para el trafico de drogas y discutir la lucha con sus rivales.

Un testigo de la reunión confirmo de forma exclusiva a Breitbart Texas que la semana pasada, mientras el enfoque del mundo estaba en las elecciones estadounidenses, los líderes del Cartel del Golfo en Matamoros se reunieron con sus contrapartes del cartel de Los Zetas Vieja Escuela en un intento por concretar la alianza denominada “Carteles Unidos.” Fuentes federales de inteligencia del gobierno Mexicano confirmaron de manera extraoficial la información sobre la junta y la solidificación de la alianza entre los grupos criminales.

La reunión se llevo acabo en el centro de Matamoros comenzando a las 11 de la mañana y durando mas de 6 horas; los participantes se retiraron después de las 5 de la tarde en una forma discreta. El evento fue organizado por Sergio “Sr. Cortez” Ortegón, el cual es el actual líder del Cartel Del Golfo en Matamoros. Los invitados incluyeron los jefes de plaza del grupo Zetas Vieja Escuela de Oaxaca, Tabasco, Nuevo Leon, San Luis Potosí, Coahuila, Veracruz y Quintana Roo.

Como Breitbart Texas ha reportado anteriormente, el grupo Zetas Vieja Escuela ha estado en guerra con otro grupo Zeta denominado Cartel Del Noreste (CDN). La lucha ha detonado la violencia en Tamaulipas y se ha expandido a otros estados incluyendo Nuevo Leon y Coahuila.

El tema principal de la junta fue la apertura de las fronteras y terminar con tensiones entre los grupos presentes. El Cartel del Golfo en Matamoros abriría sus rutas de trasiego de drogas y el apoyo logístico del Cartel del Golfo en la frontera mientras que los Zetas Vieja Escuela no solo pagarían por los servicios sino que también proporcionarían entrenamiento, armamento y de ser necesario grupos de choque.
 
Miembros del Cartel Del Golfo en Reynosa, liderados por Julian “Comandante Toro” Loiza Salinas no fueron invitados a la reunión. Fuentes de inteligencia en ambos lados de la frontera confirmaron a Breitbart Texas que hay una fuerte animosidad entre Cortez y Toro. En el 2015, las fuerzas del CDG en Matamoros y las fuerzas del CDG en Reynosa chocaron en una sangrienta guerra.

Según el testigo de la junta, tanto los Zetas Vieja Escuela como el CDG en Matamoros han llevado acabo una “limpia” en la cual se han dedicado a atacar a secuestradores y asaltantes en un intento por regresar a los tiempos donde los carteles se dedicaban exclusivamente a el trafico de droga sin increpar a los ciudadanos. Breitbart Texas ha reportado en algunos casos que han incluido las ejecuciones de secuestradores y la tortura de asaltantes. El grupo CDN y el CDG en Reynosa han sido vinculados a la extorsión, el secuestro y otros crímenes como una forma de diversificar sus ingresos. 

Mi historia de cuando fui novia de un sicario de LosZetas

noviembre 14, 2016 // 0 Comentarios


En un arranque de honestidad, la custodia que tengo junto a mí comenta que la reclusa a la que espero sobresale del resto de la población: por su corta edad, su esmerado cuidado personal y sus finos rasgos faciales. Tales características ilustran acertadamente a Michelle. Lo anterior lo pienso cuando veo que baja las escaleras del segundo piso destinado, dentro del CERESO, a las internas que cometieron delitos del fuero federal como secuestro o delincuencia organizada en entidades distintas a Baja California; de ahí que la internas de casa les llamen, “las trasladadas”.

Del cuello de Michelle cuelga una cruz tejida con hilo rojo que contrasta con su inmaculada camiseta blanca. En su mano una pulcra agenda telefónica estampada con la imagen de Central Park, parece una extensión natural de sus dedos. Estos son los dos únicos objetos que una interna puede llevar consigo estando fuera de la celda. Después de presentarnos, Michelle explica que tomó la decisión de compartir su pasado conmigo, a causa de la lectura que realizó hace unos días de El Zahir, de Paulo Coelho. “Para sanar y llenarme de nuevas historias debo sacar de mi interior las historias viejas”, me declara convencida de interpretar correctamente las palabras del escritor brasileño.

A punto de iniciar la entrevista, una interna consumidora de heroína que pasa junto a nosotros, se desmaya y convulsiona. Dos internas vacían media botella de agua en su rostro y la arrastran al interior de una celda. “Trae la malilla”, advierte Michelle, insegura de haber utilizado correctamente el término que hace referencia al síndrome de abstinencia. “Esa droga no se ve en Monterrey, allá pura cocaína y mariguana”, aclara.

MICHELLE

Estoy presa porque mi novio era sicario. Cuando lo conocí yo trabajaba de oficinista en una refinería de Pemex que está en Cadereyta, Nuevo León. El Gordo, como le digo a mi novio, se hizo Zeta a los 19 años, ahora tiene 24. Nació en Houston. Sus tíos son del sur de Tamaulipas. En una visita que les hizo, uno de sus primos le presentó a unos Zetas. Le gustó el dinero fácil; le pintaron la idea de que era un mundo muy padre donde ganas mucho sin hacer nada. Su trabajo era cuidar y limpiar la plaza de contras; además movía droga y vendía carros. En algún momento pensó en salirse de los Zetas, pero el miedo no lo dejaba.

Mi vida a su lado era una fiesta de todos los días. Comida, bebida y drogas para todos. Él y sus amigos de la operativa [grupo de sicarios] cerraban un lugar y pagaban cuentas, en una noche tranquila, de unos 30 mil pesos. No me sentía poderosa por tener un novio sicario, aunque no voy a negarlo, llamaba mi atención que recibiéramos un trato especial en los antros y en los estadios para ver juegos. Tener un novio sicario es como tener una tarjeta VIP. Las atenciones que te dan son fuera de lo mortal, como decimos. Hubo momentos en los que teníamos mucho dinero, pero otros en que no podía entrar dinero ni armas a la zona de guerra ―como le decíamos a Ciudad Victoria― porque todas las entradas estaban bloqueadas por el gobierno.

Por supuesto, al principio te da miedo, pero luego te gusta, y más a mí que necesitaba todo tipo de atenciones. Fácilmente caí en ese remolino de excesos y violencia. Aunque nada valía la pena, hacer con él cosas de novios era lo que me gustaba realmente.

El Gordo se metía cocaína y mariguana. Cuando estaba drogado con cocaína no se alimentaba y eso me enojaba porque era mucho mi esmero en prepararle la comida. Luego yo también empecé a consumir cocaína y entendí por qué no le daba hambre. Bajé muchísimo de peso, recuperé mi talla cero. Si no estaba metiéndome cocaína estaba durmiendo. Despertaba y no desayunaba, no tenía ganas de nada, no quería saber nada del mundo; había días en que nomás picaba algo de fruta en la cena y otra vez a consumir. No sé cuántos gramos consumía por día, pero digamos que comenzaba a las diez de la noche y acababa a las nueve de la mañana; salía el sol y tenía la voluntad de irme a dormir, para mí era una droga de la noche.

No alucinaba con la cocaína, simplemente empecé a estar más tranquila. No había conocido algo tan milagroso; digamos que entendí por qué era tan importante su trabajo de sicario. Con la cocaína mejoraba mi estado de ánimo y me gustaba porque no peleábamos; él estaba más amoroso, se sentía más tranquilo y contento porque compartíamos algo. Llegué a consumir cocaína todos los días durante los últimos tres meses antes de mi detención. Consumirla era una euforia contenida, a excepción de una vez que me puse a tomar whisky con Red Bull. ¡Dios, nunca quise volver a saber nada, demasiado acelere para mi corazón! Si no hubiera sido detenida habría muerto de una sobredosis, es lo más lógico, ya estaba perdiendo el control. Algo que no me gusta de la cocaína es que me seca mucho la garganta, por eso empecé a tomar cerveza, aunque mi gusto son las piñas coladas.

Conocí a mi novio por mis amigas. Un domingo andábamos dando la vuelta en el auto y paramos a cargar gasolina en un 7-Eleven; nunca he sido de ir a antros, me gusta más dar el rol en el carro. De pronto llegó este niño en su camioneta y resultó que era amigo de mis amigas; me lo presentaron, pero hasta ahí. Éramos un grupo de tres amigas. Fátima, que me presentó a mi novio y quedó embarazada de un sicario Zeta que está preso; Brenda, que la desaparecieron; y yo, que estoy en la cárcel. El caso de Brenda fue el más horrible. Traté de indagar qué había pasado con ella y ver en qué podía ayudar.

“La investigaron y se supo que le estaba pasando información al Golfo; por órdenes de los superiores la pusieron para que la pozoliaran”, me platicó mi novio. Pero la verdad que ella ni en cuenta, el único nexo que tenía era yo, y todos éramos del mismo cártel que se la llevó. En Monterrey hubo un tiempo en que todas las chavas luchaban por el poder, aunque los novios eran los que andaban de Zetas. Estoy segura que fue por celos de otra chava que la desaparecieron. Me tocó ver que entre las chavas se levantaran falsos o se echaran a la policía o al ejército, nomás por chingarse a otra chava.

Fátima tenía tiempo de andar con esa onda de ser amiga de sicarios; un tiempo se puso de moda en Monterrey, era muy raro. De pronto nosotras ya teníamos en el grupo social a unos sicarios; de pronto todas tenían un familiar o un conocido que trabajaba para los Zetas. Cuando llegaba a la casa de mi amiga estaba el que sería mi novio con los demás de la operativa. O a veces yo ya estaba ahí y llegaban, y sentía miedo; no me iba demasiado pronto para que no fuera evidente que no quería tener contacto con ellos. Poco a poco me fui dando cuenta de que él era una persona normal que se dedicaba a delinquir y que no era lo que yo pensaba que podía ser: malo y grosero. Eso sí, todo el méndigo tiempo traía armas, hablaba por radio y escuchaba al Cártel de Santa. Yo más bien soy popera, me gusta Katy Perry.

En ese tiempo había el rumor de que si le gustabas a un Zeta te secuestraba, te hacía hasta lo que no imaginabas y te tiraba ya muerta. Claro que no pasa nada de eso, si no a mí ya me lo hubieran hecho.

En aquellos años tenía 18, ahora tengo 22; mi novio y sus amigos tenían entre 20 y 30 años. Todos eran sicarios, pero platicábamos de cosas comunes: programas de televisión, la película que los había hecho llorar o de marcas de ropa. No entendía en qué consistía ser sicario, si mataba por dinero o placer, solamente veía que andaban por la vida con armas, camionetas y si se encontraban algo que los pusiera en peligro se defendían ―eso pensaba, hasta que indagué.

SICARIO

Hay una imagen que me perturba, sucedió un 15 de septiembre. Estábamos en una casa de seguridad y llevaron a un detenido, mi novio lo golpeó tanto que me salí para no ver. Cuando regresé la persona estaba muerta por los golpes y las patadas. Fue muy impresionante, jamás había visto a un muerto. “La persona con la que vivo, con la que duermo y me beso, es un asesino”, pensé. Debo decir que por un momento me quedé viendo al muerto porque fue tanta la impresión que me paralicé y no supe si correr, huir o qué hacer.

Un mes después fuimos a un rancho en el monte, puros matorrales y árboles. Otra vez la operativa tenía a dos personas detenidas. “Hazme un favor, para que estos no la vean, lleva a la señora a hacer sus necesidades allá, lejos”, me dijo mi novio para que ayudara a una señora de 60 años a caminar para que hiciera del baño. “¿Cómo te atreves?”, pensé. Después caí en cuenta que prefería que la llevara yo a que la llevaran esos tipos que quién sabe qué crueldad podrían ser capaces de hacerle. “¿Cómo la ayudo, cómo me la llevo?”, me pregunté y vi a mi mamá, a mi abuela, a mí misma. La señora y el señor que estaban detenidos eran papás de un miembro del Cártel del Golfo. Mi novio justificaba su crueldad diciendo que si lo agarraban los soldados o la contra, ellos no iban a tentarse el corazón para torturarlo.

Y sí medio le valía madres enfrentarse con los soldados. Cuando amenazaba con dejarlo me decía: “voy a ir a pelotearme (balear) al cuartel militar”. Atentaba contra su vida y yo me ponía muy nerviosa. Duré de noviazgo un año y medio. A pesar del monstruo que pareciera ser, no era tan malo. Se portaba bien con mi familia, me escuchaba, era buen compañero. El problema era en lo que se convertía cuando trabajaba. No lo justifico, porque sí era un hijo de la chingada.

Pero prefería pegarle a la pared que pegarme a mí; dentro de su locura nunca me agredió.

Tuvimos un problema y le dije que no estaba funcionando la relación. Como a la hora escuchó que le dije por teléfono a mi mamá que me quería regresar. “Vamos a pensarla un poco, no te vayas”, me dijo. Eran las tres de la tarde y a las cuatro salía mi autobús de Ciudad Victoria a Monterrey. “Dame la oportunidad”, seguía insistiéndome.

Los Zetas traen un radio con una frecuencia con la que saben en dónde están las unidades verdes; me volví experta, era una lunática que nomás estaba viendo en donde estaban los soldados, no me los quería topar. La camioneta que nosotros traíamos estaba polarizada y en Tamaulipas eso está prohibido; los militares tienen autorización de disparar contra ese tipo de vehículos que es característico de los Zetas. Total que adrede pasamos por enfrente de ellos en su afán de detenerme. “Párate, se están regresando, vienen hacia nosotros”, le dije porque miraba a los vehículos por el espejo. En lugar de pararse pisó el acelerador y nos comenzaron a disparar. Nos pegaron una correteada marca diablo.

“Párate, no quiero que me maten”, le grité. Nomás traíamos un arma corta que alcanzó a tirar por la ventana. Se nos atravesaron y a él lo bajaron y comenzaron a golpear, pero a mí no me hicieron nada. Nos llevaron a la PGR. A las 20 horas de estar detenidos un abogado que defiende narcos nos liberó. Mi abuela, hermanos y mis papás fueron por mí, me estaban esperando afuera de las instalaciones. Junto con mi novio fuimos a comer. Creo que no lo vieron peligroso, porque no me decían casi nada, a pesar de que ya les había platicado que era sicario. “Mejor sí vete para Monterrey, las cosas se pondrán pesadas por lo que acaba de pasar”, dijo mi novio. Regresé a Monterrey con mi familia y no lo vi en un mes; hasta que lo hirieron de una pierna y fui a verlo. Ya antes había sido herido del pecho y de un brazo; también lo habían incapacitado. En la organización hay doctores que son los que se encargan de ir a las casa de seguridad a atenderlos y de incapacitarlos.

Recuerdo la segunda vez que salí con el Gordo. Íbamos en la camioneta y él y otros de la operativa, con los vidrios arriba y la refrigeración prendida, fume y fume mota, se hizo una mega nube. Nos bajamos del auto y me desmayé de tanto que tragué humo. No me gusta la mariguana porque me da mucha hambre, pero después pude acostumbrarme a estar en medio de una bola de humo adentro de la camioneta mientras él manejaba; uno podía transitar haciendo lo que quisiera, y si la policía municipal de Monterrey te detenía, nomás prendías las luces intermitentes y con eso sabían que eres de la gente, como le dicen a los Zetas; y luego podías seguir tu camino.

Tengo pocas cicatrices porque me faltó perder el miedo a poner en peligro mi cuerpo. Nunca fui de correr, brincar; nunca me subí a un árbol, cosas de ese tipo. De cuando era muy niña nomás tengo una cicatriz en la ceja: andaba jugando con un primo a las canicas; y en el codo tengo otra, caí intentando manejar bicicleta, jamás aprendí. Es incongruente porque después hice cosas peores que me trajeron a estar presa. Creo que siempre tuve miedo y un día dejándome guiar quise demostrar que ya no lo tenía; porque a mí sola nunca se me hubiera ocurrido andar con un sicario en una camioneta, con armas, granadas y todo ese tipo de cosas que me sobrepasaban. Al final lo que hice fue por sentir la adrenalina.

“UN FEDERAL INTENTÓ VIOLARME”

Estábamos viviendo en Ciudad Victoria, pero de la noche a la mañana a mi novio lo mandaron a trabajar a San Fernando, Tamaulipas; cinco meses atrás habían descubierto una de las narcofosas. Él se adelantó y mientras me quedé en Ciudad Victoria. A los días lo alcancé en San Fernando. Nos vimos, pero solamente 48 horas, porque se regresó a la casa de seguridad para hacer la guardia; otra vez tuve que quedarme sola en el departamento que rentábamos. Un fin de semana habló al celular como a las dos de la tarde y me invitó a comer: “dile al Greña que pase por ti y que te lleve a tal Oxxo, ahí te recogerá un chofer y te llevará a un restaurante donde estaré yo”, me dijo, así muy tranquilo. El Greña me dejó en un Oxxo y el chofer pasó por mí. O sea, por cuestiones de seguridad entre ellos no podían conocer sus ubicaciones; yo tampoco.

En el camino nos detuvo la Policía Federal. A cada quién nos subieron a una camioneta. Este niño, el chofer, no aguantó la golpiza de los federales y terminó dando la ubicación de la casa de seguridad donde estaba mi novio, sus compañeros y todo el arsenal. Yo no estaba en posesión no nada, pero de todos modos me detuvieron. No vendaron mis ojos, pero me levantaron la blusa y con ella me taparon la cara; me decían groserías y me empujaban. Fuimos a un hotel, lo sé porque dejaron que me quedara sola en la camioneta; no podía respirar por los nervios y como pude me moví la blusa de la cara y pude ver muchas patrullas, policías y habitaciones.

Fueron por mí a la camioneta y me encerraron en el baño de una de las habitaciones. “Quítate toda la ropa, encueradita, vamos a ver si escondes armas o droga”, dijo un federal encapuchado. Ya desnuda intentó violarme y amenazó con electrocutarme; quería saber de qué manera encajaba en toda la historia. No me violó el federal porque le mandaron hablar, pero llegó otro que me dijo que era de Derechos Humanos y que estaba para cuidar que nadie se me acercara ni me hiciera algo. Ya nadie se me acercó ni me hizo nada, solamente me preguntaban cosas. Desde el baño, como una hora después, pude escuchar la voz de mi novio y de uno de sus amigos. Se escuchaba como los golpeaban. Pensaba que me iban a matar, amenazaban con llevarme con la contra a Matamoros, y sí me llevaron, pero a un hospital a que me hicieran un dictamen médico y luego a las instalaciones de la PGR.

Cuando me llevaron a la PGR descansé, por fin pude respirar. Ahí me topé con dos chavas que estaban trabajando en San Fernando; las había conocido en una fiesta; tenían varios días desaparecidas. ¡Ay no!, estaban brutalmente golpeadas, era algo horrible. El pelo rapado, la cara hinchada, los ojos morados; vestían camisas de hombre y estaban todas llenas de sangre. Las habían violado entre treinta y tantos tipos del Cártel del Golfo; les mutilaron el pezón, ¡era algo muy espantoso! Primero las detuvo la Policía Federal y las torturaron mucho, después ellos las entregaron al Golfo. Estaban ahí conmigo, pero en calidad de víctimas porque a los tipos del Golfo los detuvo el ejército cuando las iban trasladando para matarlas, pero para su suerte en el camino se toparon con el ejército y las rescataron. Las dos eran halconas en San Fernando.

Recuerdo que un federal se portó buena onda y me prestó su celular para marcarle a mi mamá. “Voy para la PGR, hija”, me dijo mi mamá; lloraba mucho. “No te arriesgues”, le dije, “los del Golfo están aquí en Matamoros y te pueden hacer algo”. Dos días después de mi detención estaba en Baja California. Mi mamá pudo verme dos meses después de llegar a la cárcel, porque primero estuve en observación. Nunca estuve en el arraigo del DF como mis otras compañeras de estancia (celda).

Ahí conmigo estaba otra chava de Monterrey que trabajaba con uno de los contadores de los Zetas en Coahuila. Era amiga de los músicos de Kombo Kolombia, que mataron los Zetas, que porque andaban cantando en territorio de los del Golfo. Estábamos en la estancia cuando vimos la noticia en la televisión. Ese día teníamos tortas de carne asada que habíamos comprado en la tiendita, no quiso comérsela porque estaba muy triste.

“EXTRAÑO EL OLOR A SUAVITEL”

Tengo 40 meses aquí, no me han dado sentencia, pero mi abogado dice que serán como 12 años si me va mal. Mi mamá vive en Monterrey y me visita muy seguido, pero este año ya no tanto; mi hermano creció y ya está entrando a la preparatoria, aparte, ella trabaja de lunes a sábado, es superintendente en una empresa de recursos humanos, pero me apoya en todo, no me reprocha nada, tampoco mi papá. Mi proceso y abogado están en Veracruz.

El Suavitel en la ropa y en las cobijas es lo que más extraño de la calle: el olor a limpio, aquí siempre huele a drenaje. Mi mamá escribe cartas y me las manda con perfume, sin que yo se lo pida, ella intuye que extraño esos aromas. También manda cobijas muy coloridas, sabe que necesito el color en mi vida, aquí todo es blanco y gris; nunca volveré a usar esos colores.

En prisión te posee la ira. Brota tu instinto animal y dan ganas de ahorcar a una de las compañeras de celda, aunque lo mío siempre ha sido la depresión, no la violencia. Por ejemplo, a los 11 años empezaron a medicarme contra la depresión. No sabía manejar mi adolescencia. Tenía el llanto muy sensible, todo me provocaba: la indiferencia de mi mamá, que me levantaran la voz o que no me compraran algo. A los 15 años comencé con intentos suicidas, tres veces quise suicidarme tomando varios frascos de pastillas. Luego varios días en coma, hospitalización y al final me daban de alta. No le hallaba sentido a la vida; aparte se me hizo muy pesada la prepa, no podía acomodarme con los horarios, a veces entraba muy temprano o salía muy tarde, el chiste es que jamás podía organizarme, no me hallaba


En libertad era muy exigente con la comida, aquí lo fui al principio pero ya no. Lo único que puedes hacer en prisión es entregarte a tus obsesiones. Tengo ganas de comer hasta que me canse y lo hago; de fumar hasta que me harte, también; llorar hasta que los ojos se pongan como pelotas, ¿y por qué no? La cárcel vino a cambiar muchos conceptos de cómo debía ser mi vida; cambiaron algunos gustos por la comida. “No me gusta esto, no me gusta lo otro”, decía con algunos alimentos. Aquí tengo que comer lo que me dan: no comía huevos pero ahora sí, y eso que es huevo en polvo. La Pepsi tampoco la consumía, ahora sí la consumo mucho, pero estoy tratando de dejarla.

Desde los 13 años fui anoréxica y bulímica; era una forma de violencia hacia mí misma; caminaba y se me doblaba el tobillo de lo débil que estaba, pero la vanidad era más fuerte. Lo veía como un acto liberación, pero ahorita digo, “¿qué ganas de estarme haciendo daño?” Todo porque la ropa se me viera bien. Si estás gordita no te luce cierta blusa, cierto pantalón, pero ya no pienso así, después de tres años de verme en pants y sudadera caigo en cuenta que eso no es importante. Por más que quiera no puedo controlar el comer, pero ya de plano intento moderarme, no podía dejar de comer a todas horas; poco a poco estoy recuperando el cuerpo de antes. Comía mucho por ansiedad; una de mis compañeras de estancia que también viene relacionada con un sicario de los Zetas, pero de Torreón, subió mucho de peso, por la ansiedad; se la pasaba comiendo pan con crema de cacahuate.

El psiquiatra de la prisión me da medicamento controlado porque tengo trastorno mixto de ansiedad y depresión. Las pastillas me hacen dormir mucho y tener bastante hambre; también me ha dado por fumar mucho. Cuesta trabajo aceptar que eres una del montón. Una más a la que su novio malandro engañó y los dos terminaron en prisión.

ESPACIO DE ENCIERRO

Las relaciones afectivas entre las compañeras no están permitidas. No te pueden ver abrazando a nadie, cualquier cosa y sospechan de lesbianismo. Es casi imposible tener una relación física con otra compañera, pero sí, algunas se mandan cartitas o chocolates. Alguna vez he imaginado como sería, pero creo estar muy definida en cuestiones de amor; pero a veces me asusto porque como dicen: “por algo se empieza”. No quiero ser del club que por soledad se hizo lesbiana.

A lo que más temor le tengo es a marcar por teléfono a mi casa y que ya nunca más me contesten. Aquí los castigos son que no puedas recibir visita, que no te dejen hablar por teléfono o que no te vendan comida de la tiendita. Otro castigo es que te encierren en la bartola por 15, 30 o 60 días; hace poco se suicidó una muchacha ahí. La bartola es una celda en donde no tienes contacto con nadie.

He cambiado en la cuestión estética. Antes teníamos cosméticos, pero ahora no. Yo decía, “¿cómo voy a andar así?, ¿cómo voy a salir?” Todas las ideas que tenía de mi físico cambió. No me siento a gusto, puedo verme mejor, pero digo, bueno, no está tan mal. Aunque siento que me veo más mayor, lo veo en mi cara, porque llegué aquí siendo una niña, bueno, no de 12 años, pero sí de 19. Para verme uso una bolsa de Sabritas o de galletas; les quito lo que tiene de color y queda el empaque metalizado, lo tenso y así medio te ves. O cuando paso junto a una máquina expendedora aprovecho para verme, pero no siempre, hay cosas que prefiero recordar como era antes.

En mi casa era muy desordenada. Aquí el bonque, que es la cama, es tu pequeño mundo y trato de tenerlo de cierta manera. En mi casa para cambiarme una vez tenía que sacar toda la ropa del clóset. Aquí soy muy cuidadosa con mis cosas, tengo un lugar para todo. Me dan mareos. Para todo de lo que uno se queje nomás te dicen que es el estrés, y sí es cierto, es el estrés, porque estamos en un ambiente muy pesado, porque por la alimentación no es, porque sí comemos bien.

Todos los días hago ejercicio en la estancia. A veces nos pega la loquera y cuando salimos al patio corremos en la cancha de basquetbol, pero es muy raro. El chiste es hacer ejercicio cardiovascular para terminar cansada y dormirse.

Estoy terminando la preparatoria. Los estudios son de manera autodidáctica, pero entre las compañeras nos apoyamos. Una de mis compañeras que era de los Zetas en Veracruz, nos enseña matemáticas; es bien fregona. Allá afuera no había terminado la secundaria y aquí nos ayuda a las de prepa con álgebra y cálculo, aprendió sola. Yo apoyo a las de mi pasillo con la materia de inglés. La primaria y la secundaria las hice en escuelas católicas privadas y aprendí bastante. También soy buena con las tres materias de historia que se imparten aquí en el CERESO: Mundial contemporánea, Moderna de occidente y México siglo XX; con esas materias de historia las apoyo.

Creo que mi único delito sería omisión. No recibía ninguna paga, no usaba armas, ni tenía acceso a ellas. A veces sí me he dicho que pude evitar situaciones, porque sí me llegué a enterar de cosas muy pesadas, pero por otra parte no estaba en mis manos cambiarlas. Lo único que hubiera podido hacer como ciudadana era denunciar y no lo hice.

La primera semana que salga de aquí voy a quitarme este tatuaje que me hice en el antebrazo en honor a mi novio. Dice: “Cada día te amaré más”. Ya no lo necesito, es una lástima porque me gustan los colores que tiene.